Según los especialistas, puede haber una deflación afectiva, pero también un superávit solidario.

El valor del dólar devenido termómetro del humor social. La inflación como tema de conversación obligado hasta en la cola del supermercado. El índice de desempleo que deja de ser un número distante para convertirse en una noticia intimidante. Las crisis económicas nunca son ajenas al bienestar psicológico de las poblaciones que las padecen. Por eso, los profesionales de la salud mental coinciden en que siempre repercuten sobre sus vínculos interpersonales. “Son tiempos en que son frecuentes las consultas por temores sobre el futuro próximo, por la incertidumbre frente al contexto social y su eventual repercusión en el ámbito privado. Todo esto produce inquietud, ansiedad y distintas manifestaciones de preocupación que influyen en la calidad de vida personal y familiar”, explica Analía Cordero de la Asociación Argentina de Counselors.

Ante un escenario de inestabilidad laboral, el “radio pasillo” vulnera las relaciones entre colegas. La falta de dinero promueve el intercambio de reproches en la pareja y repercute en el bienestar de sus hijos. Una crisis se percibe como una situación externa que irrumpe en la intimidad de las personas y altera el orden de ese universo cotidiano.

“Cuando afecta el poder de afrontar las necesidades básicas de una pareja o de un grupo familiar, se produce obviamente una tensión y aumento de la ansiedad que tensa las relaciones. Ya no queda espacio para el deseo, lo real hace irrupción dejando al vínculo expuesto a los vaivenes del afuera”, aporta Juan Eduardo Tesone, médico psiquiatra, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

La pregunta es: ¿Hay algo que podamos hacer puertas adentro para navegar una crisis sin desgastar nuestras relaciones más preciadas?

Compañerismo en default. “Hace cinco años trabajo en una consultora que hasta hace poco tenía un staff de cuarenta personas relativamente estable. Siempre hubo buen clima y como el promedio de edad es de treinta años, se generaron muchas relaciones por fuera del trabajo: amistades, compañeros de salidas e incluso parejas. En el último año y medio la situación se fue degradando paulatinamente. Primero empezaron a quitarnos beneficios que todos teníamos naturalizados, después se empezaron a retrasar hasta quince días con los pagos de sueldos y se instaló un clima de malhumor generalizado. Finalmente se anunció un recorte de personal con la modalidad de retiro voluntario, pero elegido a dedo por el empleador. Ahí, muchos entramos en pánico y empezaron los rumores, parecía un reality showen el que todos apostaban quién era el próximo nominado al despido. Gente llorando en los pasillos y en el baño, acusaciones de zancadillas, reproches por cuestiones que habían sucedido hacía años eran cosas de todos los días. ¡Hasta circuló un mail anónimo destrozando a colegas! Era tanta la tensión que te daban ganas de renunciar aun sin llevarte un peso.” (Magdalena, 29 años, licenciada en marketing).

En un marco de crisis económica, la posibilidad de perder el empleo es una de las vivencias más amenazantes para un trabajador. Sin embargo, no es la única que repercute sobre su relación con el entorno: el cambio de condiciones laborales y la sobrecarga de responsabilidades también tienen un fuerte impacto a nivel vincular.

Los expertos aseguran que, cuando el contexto exterior es desfavorable, es responsabilidad de los directivos llevar la calma con un plan de comunicación directo:“Entre otras cosas es importante fortalecer las relaciones internas, reducir el radiopasillo, evacuar dudas, fidelizar talentos y mantenerse enfocado en el crecimiento y desarrollo profesionales para la adquisición de nuevas competencias necesarias en el nuevo contexto”, enumera Analía Tarasiewicz, psicóloga especializada en problemas del trabajo y Directora de Centro Mentar. Aun cuando esas condiciones no estén dadas, esta profesional asegura que hay estrategias que se pueden tomar para proteger la propia salud mental y las relaciones en un ámbito que se ha vuelto hostil: “Hacer una auto evaluación consciente sobre dónde estoy, qué posibilidades tengo en otros entornos, ver el círculo que me rodea, analizar cuánto tiempo paso pensando en el trabajo y cuánto estoy disfrutando mi vida, mi familia y amigos permite pensar lateralmente, salir de la zona de conflicto y abrirse a otros pensamientos más saludables que evitan que el rol laboral se coma a la persona y enferme invadiendo todos los aspectos de su día a día”, recomienda.

La pareja puede unirse y luchar para sobrellevar la situación, o bien puede darse un efecto disruptivo tal que disuelve el vínculo o lo daña seriamente. Eduardo Tesone, médico psiquiatra

El deseo hipotecado. “Con mi mujer teníamos pendiente resolver el tema de la vivienda propia, y cuando salieron los créditos UVA la convencí de tomar un préstamo. Los dos laburábamos de forma estable hacía años y me pareció que era el momento para hacerlo. Ella no estaba convencida, pero yo insistí. Con la inflación empezó a aumentar la cuota, que ya de por sí nos resultaba alta y tuvimos que empezar a restringirnos en muchas cosas: dejamos de salir a comer afuera, de ir al shopping, postergamos las vacaciones. El índice de precios se me transformó en una obsesión. Empecé a llevar un registro minucioso de todos los gastos de la casa y comenzamos a discutir todo el tiempo por plata. Que si ella malgastaba, que si yo no tenía otro tema de conversación que no fuera el dinero. Me busqué un laburo extra dando clases y le conseguí algo a ella pero no quiso tomarlo. Dijo que no pensaba pagar por mi irresponsabilidad. Eso me enfureció. Yo me la paso trabajando y el poco tiempo que estamos juntos es para discutir. Ahora la peor crisis la tengo en casa.” (Fernando, 42 años, abogado).

La inestabilidad financiera siempre repercute en la calidad de vida de una familia e incluso puede llegar a afectar sus necesidades más básicas. “La pareja puede unirse y luchar para sobrellevar la situación, o bien puede darse un efecto disruptivo tal que genera una vivencia traumática que disuelve el vínculo o lo daña seriamente”, aporta Tesone. El intercambio de reproches es frecuente porque cada uno afronta y percibe esta etapa crítica de forma diferente. Los roles, las responsabilidades y la administración de los recursos son motivo de disputa: “Se discute quién cede, quién espera, cómo se decide, quién renuncia a lo que tiene y confronta a las personas –y a la pareja– con una realidad que cambia y que requiere mayor esfuerzo para lograr los mismos, o aun, menores resultados que antes”, explica Cordero.

Si bien ambos profesionales sostienen que una crisis económica puede predisponer a la disolución de una pareja, también coinciden que ésta no es un determinante absoluto. Hay formas de prevenir que las consecuencias sean severas: “El diálogo libre y responsable, comunicarse para atravesar juntos un contexto desfavorable, que no nace en el vínculo sino que llega a él, parece ser la elección más apropiada para que cada uno pida adecuadamente lo que necesita, pueda decir lo que siente, pueda escuchar a su pareja y para que, además, puedan crearse nuevos acuerdos”, recomienda Cordero. No culpabilizar, encontrar un punto de acuerdo entre ambas partes y trabajar para aceptar mancomunadamente aquello que no se puede cambiar son las claves para transitar estos períodos.

Cómo la crisis llega a los niños. Pero el impacto de una crisis no se termina en ese núcleo de dos, muchas veces los hijos son alcanzados por el nerviosismo, las ansiedades y las angustias de sus padres. Una duda frecuente es hasta dónde los adultos deben interiorizar a los chicos con respecto a sus conflictos monetarios.

“Responder con la verdad puede generar un nexo familiar basado en la confianza; lo cual, refuerza la valoración del vínculo entre los miembros de una familia, promueve la colaboración de las partes en un esfuerzo solidario por atravesar un período dificultoso y, probablemente, restrictivo. El consenso familiar, en la medida que la edad de los hijos lo amerite, es un buen punto de partida para establecer cambios que sean beneficiosos para todos”, sugiere Cordero.

Es un momento hostil, pero tengo la certeza de que somos muchos los que estamos despiertos, firmes defendiendo nuestros derechos y trabajando de forma solidaria.

Pedro, músico

Superávit solidario. “Hasta hace unos años yo era muy de mirarme el ombligo y nada más. Pero de un tiempo a esta parte es como si el caos general me sensibilizara cada vez más. El disparador fue cuando me quedé sin laburo y me tuve que reinventar para no volver a casa de mis viejos. Ese momento crítico me activó para cambiar mi forma de relacionarme con mi entorno. A través de las redes sociales me acerqué a organizaciones que se sostienen por la colaboración de gente de pie, algunas que funcionan desde el 2001 y abrí los ojos con sus historias. Encontré mi lugar en una agrupación que produce y distribuye alimentos sin agroquímicos y que promueve valores como el trabajo digno, el cooperativismo y el cuidado del medio ambiente. Aprendí de ellos, les enseñé lo que yo tenía para dar. Y una cosa lleva a la otra, empecé a hacerme más consciente de todos los excesos de consumismo en los que vivía y más permeable a las necesidades de los demás. Es un momento hostil, pero tengo la certeza de que somos muchos los que estamos despiertos, firmes defendiendo nuestros derechos y trabajando de forma solidaria para gestar un mundo más habitable.” (Pedro, 26 años, músico)

Para el investigador del Conicet Ariel Wilkis, la historia de nuestro país demuestra que estos momentos de mucha incertidumbre son también de mucha creatividad: “Surgen innovaciones económicas (el club del trueque fue una),espacios colectivos que brindan un poco de protección frente a la incertidumbre y frente a la destitución económica (por ejemplo, organizar compras comunitarias). No estoy tan seguro de que toda crisis económica sea equivalente a ruptura de vínculos”. Este especialista en sociología y antropología del dinero y las finanzas se atreve a pensar este fenómeno de otra forma: “Los momentos de bonanza económica son también de una fuerte individualización. Por ejemplo, los mejores años de crecimiento durante el kirchnerismo fueron también los de aumento de la matrícula en las escuelas privadas”, apunta. Por eso, desde su perspectiva, es apresurado dar por sentado una relación directa entre crisis económica y pérdida de confianza. En los contextos de esos procesos cíclicos están las claves para analizar este fenómeno que relativiza las verdades que damos por sentadas.

Fuente: Clarín.com | VIVA |  30/09/2018

 

 

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